A los dos días de comenzar estas visitas, Aviraneta, con una patrulla, entraba en la casa de un cura de la iglesia de San Juan, que vivía en la plaza de los Mesones. Mandó don Eugenio que quedase la patrulla en el zaguán y subió él sólo al primer piso. Llamó con los nudillos en la puerta.

Apareció una mujer en el umbral y Aviraneta quedó sorprendido.

—¡Fermina!—exclamó—¿Eres tú?

—Sí; soy yo. ¿Qué quieres?

—Vengo a saludarte—murmuró confuso Aviraneta.

—¡Gracias!—contestó ella secamente—. No sé si puedes entrar o no.

—¿Por qué no? Si tú lo permites...

—Antes que nada, ¿hay Dios o no hay Dios?

—¡Qué sé yo!

—No entres.