—Pero, ¿quieres que yo resuelva esta duda aquí, en la escalera?
—Pues no entres.
—Es que traigo la orden del general Empecinado para registrar esta casa.
—¡Ah! Entonces sigues siendo de esos bandidos masones que quieren matar al rey y a los sacerdotes. ¡Fuera de aquí, infame! ¡Polizonte! Si no, yo misma te haré correr.
—Escúchame un momento. Vengo a prestarte un servicio.
—No necesito servicios tuyos.
—Pero, ¿por qué no quieres oírme? Vengo a decirte que estáis denunciados como cómplices del Cura Merino...
—¿Nos habrás denunciado tú? ¡Serpiente!
—No; por mí, podéis huír... Diré que he registrado la casa, que no he encontrado nada.
—Nada quiero de ti.