En esto se abrió la puerta de par en par y se presentó en ella un viejo bajito, tembloroso, de pelo blanco, la cabeza grande, los ojos abultados y rojos y el labio colgante.

—¿Quién es este hombre que te habla de tú?—preguntó con voz cavernosa, agarrando a Fermina del brazo—. ¿Es el que te engañó?

—No, padre; no es él.

—Sí es él. Lo comprendo. ¿Quieres salvarlo? Es él.

Luego, dirigiéndose a Aviraneta, exclamó:

—Ven aquí, canalla, que aunque soy viejo tengo ánimos para ahogarte en mis brazos.

Aviraneta, espantado, bajó un escalón y luego otro, y viendo que el viejo se lanzaba tras él, echó a correr hasta el portal.

—¡Cobarde!—vociferaba el viejo trompicando por las escaleras.

—¿Qué pasa?—preguntó Diamante, que estaba con la patrulla, viendo a Aviraneta que bajaba rápidamente.

—Un viejo que se echa encima de mí, que está loco.