—¡Loco yo...! ¡Miserable...!—y el padre de Fermina se lanzó sobre Aviraneta.
Diamante y los soldados sujetaron al viejo, hasta que éste, cansado de bregar y de pegar patadas, comenzó a echar espuma por la boca y le dió un desmayo. Al recuperar el conocimiento se levantó, buscó a Aviraneta; pero éste había salido a la calle.
—¡Demonio con el viejo!—exclamó Diamante—. Es un energúmeno, no hay manera de sujetarlo.—Luego salió del portal, y al encontrarse con Aviraneta le dijo:
—¿Qué le ha hecho usted a este hombre?
—Nada. Que estuve para casarme con su hija y luego no me casé.
—Está bien el viejo... Es un hombre de fibra y de corazón. Lo mejor sería pegarle cuatro tiros.
—No, no; ¡qué barbaridad!
—Sería una muerte digna de él. Además, crea usted, el terror es lo más beneficioso para estas gentes.
Aviraneta se metió en su casa deseando marcharse cuanto antes de Lerma para no ver a aquel viejo convulso y furioso.