Este viejo solía ir acompañado de dos navarros, Chatarra y Ezcabarte, criados suyos.

En el pueblo, la gente que conocía a Aviraneta, antiguos guerrilleros y amigos de Merino, le consideraban como un traidor por ser liberal. Muchos de ellos querían equiparar a los franceses con los liberales, y pensaban que era tan patriótico luchar contra éstos como contra los soldados de Napoleón.

Una noche habían estado en el alojamiento del general hablando el Empecinado, Salvador Manzanares y Aviraneta. Después de charlar largo rato, Salvador y Aviraneta se despidieron de don Juan Martín, salieron y, al pasar por una calle, sintieron gran alboroto. Se acercaron, llegaron a la plaza de los Mesones, y vieron delante de la casa de Fermina un grupo de gente, en su mayoría soldados y nacionales.

—¿Qué hacen?—preguntó Aviraneta.

—Están cantando—dijo Salvador—una canción que han traído de Cádiz: el Trágala.

Efectivamente, una voz aguardentosa en aquel momento cantaba una copla:

Señor doctor,

estoy empachado,

no me ha sentado

la Constitución.