El Empecinado no tuvo tiempo mas que para hincar las espuelas a su caballo y echar a correr.

—¡Entrégate! ¡Date, Martín!—oyó que gritaban.

Era la voz del Cura Merino, que iba en su persecución. El Empecinado, encorvado sobre el cuello del caballo, huyó como una flecha entre las balas y pudo acercarse a sus tropas.

Mientrastanto, Aviraneta, con los ordenanzas, estuvo batiéndose en retirada, defendiéndose en cada piedra y en cada mata hasta que comenzó a venir la caballería constitucional y a formarse en orden de batalla.

Los de Merino fueron retirándose y acogiéndose al monte; el Empecinado, furioso de haber estado a punto de caer prisionero, dió una soberbia carga de caballería; pero pronto el enemigo desapareció como si se le hubiera tragado la tierra.

Los días siguientes fueron igualmente de escaso éxito para las tropas constitucionales y se decidió en el consejo de los oficiales fraccionar las columnas e ir poniendo guarniciones en los pueblos.

Aviraneta era contrario a este plan. Suponía que dejando guarniciones de doscientos o trescientos hombres, el Cura podría reunir mil o dos mil soldados y atacarlas fácilmente. Para guarnecer con probabilidades de éxito la sierra de Burgos y Soria se necesitaban lo menos diez o doce mil hombres.

Aviraneta sabía el fracaso de las tentativas de Roquet y Kellerman en tiempo de la guerra de la Independencia.

Las excitaciones de curas y frailes animaban a los facciosos, y los soldados de la Fe, feotas, como les llamaban los liberales, iban presentándose en el campo. Luchaban con Merino, el Blanco, el Rojo de Valderas, Caraza, el Gorro, los Leonardos, el Inglés, y comenzaban a campear aparte Cuevillas, el sombrerero Arija, y otros.

Siguiendo el plan de fraccionamiento de las columnas acordado por el Empecinado y sus oficiales, se decidió que los coroneles Escario, Ceruti y el teniente coronel Manzanares recorriesen la parte más llana del país hasta la orilla del Duero, y que en la Sierra operase don Juan Martín.