Aviraneta quedó en Lerma, en el cuartel general.

El fraccionamiento en columnas no consiguió hacer que Merino cayese en ninguna trampa. Conocía el terreno como nadie y contaba con el paisanaje.

En cambio, el defender los pueblos con guarniciones pequeñas produjo más de una catástrofe en el campo constitucional. En Salas de los Infantes, el Cura sorprendió a tropas del regimiento de Sevilla y estuvo a punto de hacer grandes destrozos en otros pueblos.

Uno de éstos fué Tordueles, aldea próxima a Lerma. Se había dejado aquí, de guarnición, cincuenta hombres al mando de un oficial llamado Juan José Allegui.

El día 26 de mayo, a las doce del día, se presentó Merino delante de Tordueles y se dispuso a penetrar en esta aldea. Llevaba el Cura una fuerza de ochenta caballos y otros tantos infantes. Al acercarse al pueblo abrió el fuego, que fué contestado por los soldados de Allegui, que se retiraron a una casona llamada de los Sevillanos, donde se dispusieron a pelear hasta el final.

Después de dos horas de fuego, el Cura intimó a Allegui a la rendición, y como Allegui le contestara con desprecio, Merino, dejando el pueblo sitiado, se retiró al anochecer a Cebreros.

Allegui, de noche, salió él mismo de la casa de los Sevillanos, habló a un pastor conocido suyo y le confió una carta para el cuartel general de Lerma.

El campesino, marchando por veredas, llegó a esta villa y entregó la misiva a Aviraneta.

Aviraneta se vió en un gran aprieto; no había apenas fuerzas que enviar a Londueles. El Empecinado estaba, en aquel momento, camino de Roa, donde pensaba unirse con el coronel Ceruti. Manzanares se encontraba en Aranda de Duero.

Aviraneta no podía abandonar a Allegui, y, llamando al jefe de los nacionales de Lerma para que preparase con su gente la defensa del pueblo en caso de ataque, reunió treinta hombres del regimiento de Jaén, veinte caballos de Calatrava y diez de Lusitania, y con ellos y seis mulos cargados de municiones marchó a Tordueles, donde entró al amanecer.