Antes había mandado dos propios, uno al Empecinado y otro a Manzanares, diciéndoles adónde iba.

La entrada en Tordueles no ofreció dificultad. Aviraneta y Allegui, reunidos, decidieron ensanchar la posición, para lo cual ocuparon la manzana en donde estaba enclavada la casona de los Sevillanos, y fortificaron la puerta de ésta con toneles, carros atados unos con otros y piedras. La sección de caballos quedó en el patio de una cuadra, que tenía una puerta sólida y fuerte y que dejaron de modo que se pudiera abrir y cerrar rápidamente.

Esta cuadra se hallaba comunicada con el resto de la manzana.

Estudiando el terreno, vieron que para defender la entrada de la casona de los Sevillanos era indispensable ocupar una casucha próxima, pero que no se hallaba unida a la primera, pues entre ambas había un callejón de unos dos metros de ancho.

Esta casucha de adobes se llamaba la casa del Cojo, y tenía importancia porque, desde sus dos ventanas, se podía disparar contra los realistas, si intentaban el asalto acercándose a la puerta de la casona de los Sevillanos.

La ventaja se hallaba compensada con el inconveniente de ser la casucha del Cojo muy fácil de ser tomada.

Para obviar la dificultad, Aviraneta mandó deshacer la escalera hasta el primer piso, en la casa del Cojo, y luego ordenó que se hiciera un agujero en la pared del desván de ésta, y otro en el muro espeso de la de los Sevillanos, de manera que se pudieran comunicar por un puente de tablas los desvanes de las dos casas.

Los hombres que se quedaran en la casa del Cojo, si llegaban a verse apurados, pasarían por el puente de tablas a la casona de los Sevillanos, y después de pasar se quitaría el puente.

Suponiendo que el ataque podría durar varios días, se preparó la defensa lo mejor posible. Se abrieron agujeros en las paredes del pajar y en el tejado, y se llevaron piedras y sacos de tierra para disparar, guareciéndose en ellos. En los balcones se colgaron colchones y jergones.

Por la mañana, al amanecer, los de Merino, con fuerzas triples a los sitiados, atacaron la casa de los Sevillanos y llegaron hasta la puerta. Mandaban a los facciosos los Leonardos, feroces cabecillas de Merino, que hacían de verdugos por satisfacer sus inclinaciones sanguinarias. Al acercarse los feotas, gritaron con furia: «¡Viva la religión! ¡Viva el rey!»