Los de dentro contestaban con el mismo o con mayor entusiasmo: «¡Viva la Libertad! ¡Viva la Constitución!»

Aviraneta y Allegui dirigieron el fuego, haciendo que no se perdiera un tiro.

Los encerrados en la casa del Cojo tenían la orden de no disparar mientras no se les avisase.

El ataque de los Leonardos fué, sin duda, para tantear el terreno. Al mediodía se dió otro ataque a la casa de los Sevillanos, dirigido por el mismo Merino.

Unos cuantos exploradores en guerrilla se acercaron a la explanada de delante de la casona, e intentaron abrir la puerta a tiros. Cuando habían formado un gran grupo fueron cogidos por los fuegos de la casa del Cojo, que les hizo bastantes muertos. Merino, entonces, ocupó un tejado de enfrente y comenzó a dirigir los tiros contra la casa del Cojo.

El fuego se hizo intermitente. Sólo se disparaba de un lado y de otro cuando alguno se decidía a dar la cara.

Al anochecer, los absolutistas comenzaron un ataque atrevido contra la casa del Cojo; rompieron la puerta y entraron en el zaguán. Cuando estaban en esta faena, los treinta jinetes de los constitucionales al mando de Aviraneta salieron por la puerta de la cuadra a cargar contra los facciosos.

Los caballos se alinearon en la callejuela, y a la orden de Aviraneta avanzaron al trote, y luego, al galope. Las herraduras sacaban chispas de las piedras del suelo. Al desembocar en la encrucijada, Aviraneta, irguiéndose en la silla y levantando el sable, gritó; «Soldados: ¡Constitución o Muerte! ¡Viva la Libertad!» El pelotón de caballería dejó en un instante la plazoleta limpia, acuchillando, atropellando, matando. Desde la casa de los Sevillanos, Allegui y los suyos vitoreaban y aplaudían con entusiasmo.

Tras de esta acometida, cesó el fuego, y los realistas se retiraron. La noche la pasaron los sitiados con la mayor vigilancia, fortificando algunos puntos, y al amanecer, un parlamentario, con bandera blanca, se presentó ante la casa de los Sevillanos. Traía una carta para Aviraneta. La carta decía así:

«Aviraneta: Me es sensible derramar sangre de cristiano, aunque dudo mucho que la vuestra lo sea. Saliste de una; no saldrás de otra. Si no haces que toda vuestra gente entregue las armas en seguida, seréis fusilados en montón.