Se mandaron desenterrar los cadáveres de los soldados de Cataluña que estaban cerca del río, y se los trasladó a Covarrubias, donde se les hizo un entierro solemne.
De Covarrubias, las dos columnas se dirigieron a la Sierra. No había rastro del Cura ni de su partida. Se encontró cerca de Hontoria del Pinar a un tal Rufo, jefe del batallón de la Fe, que marchaba escapado con cuatro mulos cargados con armas, y se le detuvo.
El Rufo dijo que había oído decir que el Cura andaba entre Celleruelo y Roa, y que parte de su tropa estaba guarecida en el monte de la Ventosilla, cerca de Aranda.
Se fué hacia allá y no se encontraron huellas de Merino.
Aviraneta indicó al Empecinado los refugios que podía haber escogido el Cura: Neila, la cueva del Abejón, Covaleda, Clunia, y se dieron órdenes terminantes para que se registraran estos sitios. Se mandaron patrullas por toda la Sierra. Nada.
—Hay que entrar en las iglesias y en los conventos—se dijo Aviraneta—. Es posible que Merino se haya escapado a Francia; pero me parece más probable que esté aquí, escondido en alguna sacristía, en alguna torre, en una guarida clerical.
Se dictaron órdenes para registrar iglesias y conventos, pero no dieron resultado.
Aviraneta desconfiaba de algunos agentes que se enviaban en persecución del Cura; debía haber desconfiado de todos; no sabía que al mismo tiempo que se dictaban providencias para descubrirle y prenderle, de Madrid partían órdenes de Palacio para que no se le buscase. Casi todos los jueces, escribanos y alcaldes de la Sierra eran partidarios del rey absoluto, y no había que hacer en ellos gran presión para que no inquietasen a Merino.
Por otra parte, la Junta Apostólica de Burgos, que se reunía en casa de un mayordomo de frailes benitos, trabajaba para invalidar los esfuerzos de los constitucionales.
Mientras el cabecilla fantasma era buscado activamente por toda la provincia, el verdadero Cura Merino estaba muy tranquilo acogido a un convento de monjas de Santa Clara, próximo a su pueblo, a Villoviado.