Por el día se le vestía un hábito de religiosa para que pudiera pasearse con las hermanas en el huerto, y por la noche se acostaba en la iglesia, detrás de una estatua de Santa Clara, en el fondo de un escondrijo, donde habían puesto una camilla.
Es muy posible que de cuando en cuando la superiora obsequiara al viejo cura, sátiro y sanguinario, con alguna monja guapa; pues todas ellas le consideraban como un santo varón. Es muy posible, pero no consta en los archivos, que Merino dejara en el convento descendencia mística.
En vista de que las partidas facciosas habían desaparecido, se dispuso hacer una excursión de carácter político por la provincia. El gobernador de Burgos, Escario, acompañado de González de Navas, el juez de Arauzo de Miel, de Aviraneta y de algunos oficiales del Empecinado, recorrieron la provincia.
Los pueblos se encontraban en un estado lastimoso: las calles sucias, las fuentes cegadas, los caminos deshechos. Las pocas escuelas eran verdaderas mazmorras, y la viruela reinaba en todas partes que era un horror. Escario ofició al alcalde de Burgos para que enviase un cirujano provisto de vacuna; pero la gente de los pueblos no quería vacunarse.
Se hizo una suscripción voluntaria para plantar árboles en los bordes de las carreteras, y el jefe político, Aviraneta y otros varios dieron cada uno quinientos reales, y se comenzó la plantación en Arauzo de Miel; pero los primeros arbolitos puestos fueron en seguida arrancados.
Queriendo dejar un rastro civilizador por el sitio donde pasaban, se armó también un teatro en la sala del Ayuntamiento de Huerta del Rey. Un oficial, aficionado, pintó el telón.
La pintura era cómica, pero llena de intenciones. Una musa con un arpa en la mano se levantaba entre ruinas y cadenas y, volando por encima de ellas, marchaba hacia una escalinata verde, vigilada a un lado y a otro por dos damas: la Libertad, con su gorro frigio, y España, con su corona y un leoncito amarillo a los pies. Encima había un medallón con el retrato de Cervantes, coronado de laurel.
Seguramente, aquel telón hubiera parecido muy malo a un profesional; pero a los oficiales del Empecinado les pareció una obra maestra.
De Huerta del Rey se bajó a Aranda, y después de pasar unos días aquí, Aviraneta, con la columna del Empecinado, marchó a Valladolid. Se avanzó luego a Villalar, donde Aviraneta, por orden del Empecinado, escribió una proclama ardiente. Esta proclama terminaba diciendo: «Sigamos el ejemplo de los Comuneros de Castilla, que dieron su vida por las libertades patrias. Soldados, jurad conmigo: ¡Constitución o Muerte!»