En la calle, la criada del juez le contó lo ocurrido durante su ausencia en la familia.
Rosalía se había casado con un propietario rico de Aranda. Teresita asombraba al pueblo con su saber. Se decía que iba a aprender latín.
Su madre, doña Nona, estaba muy contenta con ella. El juez se encontraba enfermo; al chico, Juanito, querían hacerle estudiar para cura.
Aviraneta veía que desde que había entrado el cura don Víctor la casa se transformaba. El cura mandaba en rey y señor.
Así como había habido un principio de moda el año 1820 entre la gente distinguida, mujeres y hombres, en llamarse liberales y masones, en 1821 se volvía a la reacción religiosa, y los curas empezaban a tener no sólo el mismo, sino mucho más ascendiente que antes.
Aviraneta pudo hablar un momento a Teresita, y notó que las bromas que dirigió a la muchacha por su ciencia y su beatitud no fueron aceptadas. Teresita consideraba que cualquier alusión irónica dirigida acerca de puntos religiosos era horriblemente blasfematoria.
Aviraneta supo que el marido de Rosalía era tiránico y usurero, incapaz de dar un cuarto a nadie y celoso como un turco.
Unos días después vió a Rosalía flaca y triste.
Teresita se iba haciendo cada vez más religiosa, y empezaba a considerar que todo podía ser pecado.