Sin duda había creído que el hombre más revolucionario de Aranda debía ser también el menos severo en asuntos de amor.
Aviraneta quedó perplejo al oír a la muchacha. La Soledad, así se llamaba, era una mujer verdaderamente bonita, con los ojos negros y tristes, la boca pequeña y la tez nacarada.
—¿Y qué piensas hacer?—la dijo Aviraneta.
—No sé—replicó ella—. Eso venía a preguntarle a usted.
—¡A mí! Si fuera un asunto municipal; pero una cuestión de amor... ¿Le has hablado a Frutos?
—Sí.
—¿Y qué dice?
—Que no tiene nada que ver; que me las arregle como pueda.
—Si quieres—exclamó Diamante de pronto—, ahora mismo lo traigo a Frutos de una oreja y lo pongo ahí, a tus pies, para que lo pises.
—No, no—murmuró ella—; yo le quiero...