—¿A ese mequetrefe?... ¿A ese miserable?—gritó Diamante—. Yo siento que no sea un hombre de valor, para matarlo en desafío con mi espada...
—Pero tú algo has pensado al venir a verme—dijo Aviraneta a la muchacha.
—Yo había pensado marcharme a Madrid.
—Es lo mejor.
—Sí; pero tengo mucho miedo a ir sola: qué sé yo lo que me puede pasar.
—Bueno, yo te acompañaré la semana que viene. Mientrastanto, ¿dónde podría ir a vivir esta chica?
—Que venga a mi casa—dijo Diamante.
—Van a hablar mucho de usted, licenciado.
—Que hablen; me tiene sin cuidado.
—Magdaleno se va a indignar.