—Le romperé la cabeza si se atreve a decir nada.

—Bueno, pues si ella quiere, que vaya a vivir a su casa. Y yo le avisaré cuándo partimos para Madrid.

Se habló mucho en el pueblo de este asunto; la Soledad, Aviraneta y Diamante dieron abundantísimo pasto a la murmuración.

Aviraneta, a quien la situaciones violentas no asustaban, se presentó en casa del padre de la Soledad, que era un botero.

El botero, hombre violento e impulsivo, quiso lanzarse contra Aviraneta; Aviraneta lo calmó, le contó la verdad, le dijo que iba a acompañar a la Sole a Madrid, sin más objeto que evitar una desgracia y un escándalo, y el botero y su mujer se amansaron. En la corte, la muchacha podía ponerse a trabajar, o a servir.

Unos días después, la Sole y Aviraneta tomaron la diligencia de Madrid. En el camino, desde Aranda a Buitrago, la muchacha, medio llorando, contó al revolucionario su vida y sus amores, y coqueteó un tanto con él. Desde Buitrago a Lozoyuela, Aviraneta echó un discurso a la Sole, hablándole de las excelencias de la moral, cosa que ella no entendió muy bien.

Entre Lozoyuela y Alcobendas merendaron, bebieron un vinillo blanco que llevaban en la bota, y la Sole se permitió reírse de don Eugenio.

Al llegar a las proximidades de Madrid, Aviraneta estaba perplejo. No sabía qué hacer con la muchacha.

Le dijo que le buscaría una casa de huéspedes. La Sole preguntó: ¿Para qué? Aviraneta pensó que quizá ella daría la solución.

Aviraneta bajó de la diligencia y fué, como de costumbre, a una casa de huéspedes de la calle Mayor. La Sole le siguió y se instaló allí. Aviraneta dijo: