—Indudablemente, es el destino.
II.
UNA NUEVA SOCIEDAD
Muchas veces Aviraneta decidió ocuparse únicamente de sus asuntos personales. Pensaba así responder al olvido en que le tenía la gente de Madrid.
Este olvido le irritaba. Había trabajado tanto como el que más por el triunfo de la Constitución y de la Libertad; expuesto la vida; empleado parte de su dinero; acudido siempre al primer llamamiento, y, a pesar de esto, nadie se acordaba de su persona.
Aviraneta veía en todas partes cierta hostilidad en contra suya. Sus trabajos, sus esfuerzos, su desinterés, no se apreciaban, no tenían valor. Las recompensas saltaban al llegar a él. Se hubiera creído que alguien tenía la constante intención de anularle, de achicarle.
Los masones no se ocupaban para nada de Aviraneta; éste recibía el periódico inspirado por ellos, El Espectador, y colaboraba en él; pero jamás se les había ocurrido llamarle para algo.
En Madrid, Aviraneta se enteró del proyecto de conspiración y de la muerte del Cura Vinuesa en la cárcel; de la revolución de Nápoles, ahogada inmediatamente por los austriacos; de la conspiración republicana, fraguada en Málaga por el aventurero Mendialdúa, y de los sucesos a las puertas de Palacio, en que intervinieron los guardias de Corps.