Aviraneta suponía que se seguiría conspirando por los absolutistas. Había perdido el deseo de intervenir en las intrigas políticas del momento cuando recibió un aviso, sin firma, citándole en la Fontana de Oro. Dentro de la carta le enviaban una tarjeta cortada que le serviría de contraseña.
Aviraneta, que se creía harto de complicaciones y de intrigas, pero que en el fondo estaba deseando meterse en nuevos líos, decidió acudir a la reunión.
La Sole, los días anteriores, le había pedido que le acompañase y le enseñara Madrid, y don Eugenio hizo de cicerone y la llevó también por los barrios en donde había correteado de chico y había hecho mil barbaridades con sus amigos.
Por la noche, después de cenar con la Sole, Aviraneta se presentó en la Fontana de Oro. Estaban allí Salvador Manzanares, Félix Mejía, Remigio Morales, Mac-Crohon, José Joaquín Mora, Romero Alpuente, el francés Bessieres, con un amigo suyo apellidado Lobo, el ex fraile Patricio Moore y dos italianos, uno llamado Gipini, que era dueño del café de la Fontana de Oro, y el otro, un cantante de ópera, con unos bigotes como dos escobillones.
Aviraneta se presentó en la reunión y entregó el trozo de tarjeta, que coincidía con otro que guardaba el cantante italiano.
Aviraneta saludó a los conocidos y se sentó.
Estaba hablando Mac-Crohon y contaba anécdotas de su amigo el abate Marchena, que acababa de morir hacía poco tiempo.
Entre varias cosas que contó dijo que, durante una época, Marchena vivió con un jabalí que tenía domesticado y que hacía dormir a los pies de su cama.
Un día el jabalí, al salir a la escalera, se cayó y se le rompieron las patas. Marchena mandó matarlo y dió un banquete a sus amigos con la carne del animal, y después leyó un epitafio en su honor.