—¿Regato también?
—Sí.
—Entonces yo no entro en la sociedad.
—¿Por qué?—preguntó Romero Alpuente.
—Porque tengo la seguridad de que Regato es un hombre vendido a la policía.
—Engaña a la policía—aseguró el viejo Romero Alpuente con una sonrisa de estupidez senil, mostrando sus dientes podridos.
—Yo tengo la evidencia—contestó Aviraneta—de que nos denunció cuando la conspiración de Renovales.
No se pusieron de acuerdo. Mejía y Morales afirmaron que la mala opinión que se tenía de Regato la habían echado a volar los masones al saber que éste iba a separarse de ellos. Con tal motivo se enzarzaron todos en una discusión en que nadie se entendía. Mejía y Morales y los que vivían en Madrid usaban una serie de palabras cuyo significado exacto que se les prestaba en el momento sólo ellos conocían. Hablaron repetidas veces de pasteleros, renegados, de los del gorro negro, serviles, servilones, hipócritas, pancistas, fanáticos, feotas, anarquistas, tragalistas, descamisados, anilleros, camarilleros, moderados, exaltados, afrancesados, verdaderos ciudadanos, nacionales puros, nacionales sospechosos. Además se refirieron al señorito, al marqués, al maestro.
Aquello era un lío que nadie lo entendía.
Después de la inútil discusión se acabó quedándose cada uno con su idea anterior: la mayoría, dispuesta a seguir lanzando la Sociedad de los Comuneros; los dos italianos, Bessieres y Lobo y el ex fraile Patricio Moore, creyendo más útil el carbonarismo, y Aviraneta, asegurando que él con Regato no iba a ninguna parte.