Terminada la entrevista, Aviraneta y Manzanares salieron de la Fontana y fueron a la pastelería de Ceferino, de la calle de León.
—Amigo Aviraneta—dijo Manzanares—, haces mal en no entrar en esta nueva sociedad.
—¿Por?
—Porque hay que ir siempre en compañía de alguien para hacer algo.
—¿Aunque sea en compañía de granujas?
—Sí. ¿No te parece que sería mejor un Gobierno de pillos y de granujas listos que el que tenemos?
—Seguramente. Pero es que estos hombres como Regato no son grandes pillos que tienen ambición. Son pilletes que se venden por dos cuartos. ¡Ah! Si tuviéramos un político ambicioso e inteligente, aunque fuera un granuja, yo lo serviría con gusto.
—Y yo también, siempre que fuera liberal.
—¡Ah, claro!, condición indispensable. Necesitábamos un Dantón...; aunque fuera un Fouché nos bastaría.
—Lo malo es que estos hombres no se improvisan. Además hay que tener en cuenta—dijo Manzanares—que los pillos, naturalmente, se inclinan a los Gobiernos fuertes, bien constituídos y bien despóticos, porque son los que pueden dar más dinero, más cargos y más honores.