—¡Y, claro!—añadió Aviraneta—. Nada hay tan goloso de honores como un granuja que necesita reforzar la responsabilidad suya, que por dentro no siente.

—¿Sabes tú quién podría ser nuestro hombre?

—¿Quién?

—Tú.

—¡Bah! No soy bastante granuja para eso.

—Creo que sí. Eres un granuja honrado. Tú no robarás para ti; pero tú mandarías asesinar a uno si estorbara al país.

—¡Ah, seguramente!

—Nada, nada. Tú eres el hombre.

—No, no. Me faltan muchas cosas. Primeramente no sé hablar; es decir, no sé mentir con efusión. Yo no creo que la oratoria sea una cosa positiva; me parece un arte que puede tener un valor cuando se traduce en hechos; pero aquí en España se considera la oratoria como si tuviera objeto en sí misma... La charlatanería triunfa, y yo no soy charlatán... Para mí eso es imposible: decir mentiras o vulgaridades con calor y entusiasmo está por encima de mis fuerzas. No puedo ser un farsante.