Morejón, enviado de Fernando, quiso poner de acuerdo a Calderón y a Mataflorida; pero no lo consiguió, y siguen las dos fracciones absolutistas divididas.

El partido de Eguía se dedica a murmurar y a rezar.

Se dice que Mataflorida asegura que ha estado a punto de ser envenenado por sus enemigos en Tolosa de Francia, y se dice también que a don Pedro Podio se le acusa, con datos, de haber querido asesinar a los individuos de la Regencia absolutista en el mismo Urgel, proyectando enterrar después sus restos en los fosos de las murallas.

Cualquiera averigua lo que hay de cierto en todo esto.

Una de las cosas que aquí se comenta más es la vida del general don Francisco Eguía, el célebre viejo maniático, caprichoso y absurdo, a quien conocemos por Coletilla.

El gran Coletilla vive en un cuartito de una pastelería de los Arcos, y la pastelera, que es una francesa lagartona, de historia, conocida mía, la Delfina, es la que aconseja al general.

La trastienda de la pastelería se ha convertido en la antecámara de Palacio. Allí Coletilla da audiencia a los absolutistas, asesorado por Delfina la pastelera, cosa que a los españoles que se las echan de aristócratas indigna.

Según dicen, la pastelera ha convencido al viejo general de que le quieren asesinar y de que ella será un Argos para impedirlo.

Por lo que oigo, el secretario de Eguía, Núñez Abreu, no es extraño a la maniobra.

Delfina, la pastelera, ha encontrado una mina en Coletilla; pero la ganga mayor la ha pescado Núñez Abreu, el ayudante de Coletilla, que, según parece, se beneficia de la pastelería, de la pastelera y del dinero del viejo general, que ha recibido, para impulsar la causa realista, la friolera de doce millones.