A pesar de esto, Núñez Abreu ha llegado a insultar al general y a tratarle de vieja momia.

Además de estos dos grupos de que le hablo, hay otros de jefes militares que forman rancho aparte. El más importante es el de Quesada, que aspira a anular a los anteriores. Quesada tiene en Madrid varios agentes: Cecilio Corpas, Freire y el capellán de las Comendadoras de Madrid, un tal Solera, a quienes tienen ustedes que echar el guante, si pueden.

Me dicen que en Madrid, en la calle de la Luna, 12, se reúnen los principales agentes realistas. De paso debían ustedes encargar a la policía que hiciera un padrón de sospechosos.

Otros de los presuntos jefes del absolutismo es el conde de España, que en Verona, en donde está, ha inventado un proyecto de contrarrevolución, que, según dicen, ha sido aprobado por Francia y Rusia, y que consiste en que estos países presten su ayuda a Fernando para combatir la Constitución, a cambio de una parte del Perú. Don Antonio de Vargas Laguna ha enviado, desde Luca, otro plan por el estilo. También quisiera mandar en el cotarro el general Longa, aunque nadie le hace mucho caso, y, por último, Jorge Bessieres, el de la tentativa republicana de Barcelona, ahora convertido al absolutismo, comienza a ser uno de los directores de este tinglado realista.

El Gobierno francés apoya los trabajos de todos e intenta impedir que se separen en grupos.

Constantemente, los absolutistas reciben emisarios de la familia real de Francia. Hará un mes que estuvo aquí el secretario de la Embajada, Eduardo Lagrange, y dió en la fonda de San Esteban una audiencia a los partidarios de Quesada.

Con el mismo fin parece que se ha presentado no hace mucho un personaje enigmático, el vizconde de Boisset. Este vizconde se daba mucha importancia como aristócrata de gran tono, y venía, según unos, con una misión particular del conde de Artois; según otros, de parte del ministro Villele.

Por lo que se cuenta, consultó con Eguía y con su secretario, Núñez Abreu, y, según los partidarios de Quesada y de Mataflorida, quedó convencido de que el general de la pastelería, con sus setenta y dos años, es un viejo gagá, es decir, un viejo chocho e inútil.

A pesar de las divisiones, el partido absolutista tiene cada vez más importancia, y la gente cree que triunfará, pues, a la corta o la larga, los franceses nos declararán la guerra.

El Gobierno francés da dinero a manos llenas. Según se dice, los oficiales y tropas del Ejército de la Fe, preparados para entrar en España, cobran sus sueldos religiosamente.