—¿Grave?
—El cree que durará poco, unos días solamente.
—¿Quién le cuida?
—Una mujer de un caserío próximo le lleva la comida y le saca al jardín. Luego queda solo.
—¡Pobre amigo!—exclamó la condesa—. ¿Sabe usted si se ha reconciliado con la Iglesia?
—Creo que no, señora.
La dama quedó pensativa. Aviraneta dió dos pasos para retirarse.
—Espere usted un momento—dijo la condesa—. ¿Necesita usted en París alguien que le guíe?
—No, señora. Muchas gracias. Conozco la ciudad.
—Sin embargo, no le perjudicará a usted tener una persona conocida.