—¡Ah, claro que no!
La condesa tocó una campanilla, y apareció el criado viejo.
—Dile al señor abate que venga.
Aviraneta esperaba de pie.
—Siéntese usted, caballero—dijo la señora.
Aviraneta se acercó a la mesa y miró la miniatura... La conocía. Era la que le había enseñado Etchepare hacía muchos años al contarle su historia.
Al mirar de nuevo a la condesa de Rupelmonde comprendió que era la sobrina de Guzmán, de la que había estado enamorado Etchepare en su juventud.
Pasaron así unos minutos, sentados frente a frente, la señora y Aviraneta, sin hablarse, hasta que llegó el criado en compañía de un abate.
La condesa presentó al abate Dumanoir a Aviraneta; después dijo que tenía que ausentarse por unos días de París, y se despidió.
El abate Dumanoir era un hombre de treinta a cuarenta años, charlatán, ceremonioso y muy amigo de dogmatizar.