Tenía el aspecto de un hombre del antiguo régimen, jugaba con un lente de oro colgado del cuello por una cinta, y usaba una tabaquera de concha, que llevaba siempre en la mano.

Dumanoir le interrogó a Aviraneta acerca de los asuntos de España, y le llevó al jardín de la casa. Este jardín había sido de mademoiselle la Valliere; allí había paseado en sus últimos tiempos la favorita de Luis XIV.

Dumanoir le mareó a Aviraneta a preguntas; quería sonsacarle, saber sus opiniones políticas.

El fingir que no comprendía bien unas veces y el hacer que no tenía facilidad de expresarse en francés otras, le salvaba de descubrirse como liberal.

De cuando en cuando, el consejo de Sanguinetti le venía a la memoria.

—Mio caro, studiate la matematica.

Después de enterarse bien de la política española, el abate Dumanoir habló de sus teorías políticas. Era partidario de las doctrinas de Maistre y de Bonald. El despotismo del Gobierno, según él, debía estar por encima de la voluntad de los individuos, y el despotismo de la Iglesia, por encima de todos los gobiernos.

Aviraneta le dejó hablar, y luego le preguntó su opinión acerca de la posible guerra con España. El abate estaba convencido de que la intervención se iba a verificar; pero no dijo los motivos que tenía para creerlo.

Aviraneta inventó una ocupación urgente, se despidió del abate y salió del hotel.

A la puerta esperaba un coche. ¿Iría la condesa a ver a Etchepare?