IV.
TRABAJOS DE LOS ABSOLUTISTAS
Al volver Aviraneta al hotel se encontró a la Sole, que estaba llorando a mares.
—¿Qué pasa?—le preguntó.
Realmente, no pasaba nada. La Sole, viéndose en el cuarto de un hotel y en una ciudad desconocida, había creído lo más conveniente ponerse a llorar.
Aviraneta se rió de este llanto, y la Sole le dijo que era muy desgraciada y que deseaba morirse.
—Bueno—replicó don Eugenio—; son las doce y media. Yo tengo que escribir unas cartas. Te esperaré abajo, en el salón de lectura. Te doy media hora para dejar de llorar, olvidarte de Frutos y de su pelo rizado, vestirte, ponerte guapa y venir conmigo a comer al restaurante.
La Sole protestó; dijo que se acordaba tanto de Frutos como de la luna y se arregló para hacer su tocado en media hora, y salieron los dos del hotel. Comieron en la fonda de los Hermanos Provenzales y dieron un paseo por los bulevares.
La Sole, con su mantilla de casco, tuvo en la calle un gran éxito. Llamaba la atención allí por donde iba.