—Creo que Aranda está quedando a una gran altura—la dijo Aviraneta.

—Sí; es verdad—contestó ella riendo.

La Sole se había dado cuenta de la expectación que despertaba, y el instinto femenino le hizo inventar nuevas armas para exacerbar esta expectación.

Aviraneta no podía acompañarla con frecuencia, entregado, como estaba, a sus investigaciones, y se decidió que la muchacha saliera sola, y que para volver, si no sabía el camino, tomara un coche.

Después de cenar iban los dos a los cafés y a los teatros, y andaban por los bulevares y por las calles, estrechas y llenas de gente.

A los pocos días de llegar Aviraneta, escribió al ministro.

«Amigo S.: Estoy comenzando mis trabajos de información, que, como comprenderá usted, no son fáciles.

González Arnao se muestra pesimista. Me ha dicho que el delegado de la Regencia de Urgel, Martín Balmaseda, ha venido hace días a París con pliegos para la familia real.

Tuvo una consulta con el conde de Artois y con los duques de Berry y de Angulema. Naturalmente, a todos les parece bien que se vaya contra esos bandidos españoles que quieren vivir con el mínimum de frailes.

Se sabe que el conde de Artois y su corte del pabellón Marsan patrocinan la idea, y con él el partido jesuíta y los periódicos La Bandera Blanca, La Cuotidiana, la Gaceta de Francia, etc.