Este judío ha venido a París a solicitar del Gobierno una contrata para el futuro ejército de la Fe, que probablemente nos hará la guerra. Le he dicho yo que conocía a Basterreche, y el judío me ha indicado que Basterreche, a pesar de ser republicano, como diputado tiene buenas amistades en el ejército, y que podría servirle. El judío me ha prometido un tanto por ciento de beneficios si le consigo algo; le he acompañado a la calle de Montmartre, 148, donde vive Basterreche, a quien he puesto al corriente de la misión que tengo, y luego los tres hemos visitado a un general, empleado en el Ministerio de la Guerra.

Este general, que, al parecer, antes tenía fama de republicano, nos ha hablado como un perfecto monárquico de la fidelidad a sus reyes, del respeto a su señor...

El general ha indicado al judío que vuelva de nuevo para hablar con él.

Basterreche me ha dicho que el alto mando en el ejército está cortado por este patrón. Todos los oficiales son burócratas y de tendencia jesuítica y servil.

De los generales en activo hay poco que esperar. Veremos qué piensan los subalternos. Intentaré averiguarlo.

A.»


V.
DE LA LOGIA A LA VENTA CARBONARIA

Había por entonces, como siempre, una colonia de españoles en París, gente llegada allí como los restos de los naufragios a las playas. Estos náufragos habían echado su ancla en alguno de los negros callejones de la gran ciudad. La vida de aquellos emigrados era una vida extraña. Habitaban los últimos pisos de casuchas hórridas, en calles estrechas, húmedas y malsanas, en la más espantosa miseria, pensando siempre en su país. De pronto, un día, cambiaba el Gobierno de Madrid y se encontraban invitados a cenar en un palacio, y poco después eran nombrados para ocupar un alto cargo en España o en Cuba, y entonces su suerte cambiaba como en una comedia de magia.