Preguntaron Bonaldi y Aviraneta por él, y les pasaron a un cuartucho pequeño que daba a un patio, en donde vieron a un hombre todavía joven, pero completamente calvo, que estaba leyendo un libro y que tenía delante una calavera llena de nombres y de rayas azules, sin duda marcada según el sistema de Gall. El estudiante escuchó lo que le dijeron, y advirtió que había que llamar a un comisionista que vivía también en la casa.

—Este comisionista—dijo el estudiante—tiene la especialidad de que fecha o nombre que se le dice no se le olvida. Lo cual me choca, porque no tiene la protuberancia que Gall señala para la memoria.

—¿Y eso qué importa?—dijo Bonaldi.

—Importa mucho para la ciencia.

—Sí; pero, en fin, nosotros somos políticos, no entendemos de eso. Decía usted que tiene una gran memoria.

—Sí, y como los carbonarios no son amigos de escribir, este muchacho les servía de libro de señas.

El estudiante llamó al comisionista y le explicó en pocas palabras el deseo de Aviraneta. Era el comisionista un joven muy rubio, de aire insignificante, a pesar de su memoria prodigiosa.

—Si se trata de algo con relación a España—dijo el comisionista—, lo sabrá Chevalier, coronel de la Guardia Imperial, que vive calle Saint-Dominique d'Enfer, en el hotel del Escudo de Francia. Allí le encontrarán, y si no, vayan ustedes a un taller de planchadoras de la calle Lourcine, núm. 23, y pregunten ustedes por él.

El estudiante quiso hacerles esperar un momento a Bonaldi y a Aviraneta, y explicarles por qué el joven comisionista no tenía la protuberancia de la memoria señalada por Gall; pero ellos tenían prisa.

Bonaldi y Aviraneta tomaron un coche y se presentaron en el taller de planchado de la calle Lourcine.