La calle era sucia y negra, y el taller, obscuro y digno de la calle. Preguntaron a una mujer gorda por el coronel Chevalier; ella les preguntó a su vez quién les enviaba; Bonaldi contestó que venían de casa de Flotard, y les pasaron a un secadero de ropa, donde hablaban dos hombres; el uno era el coronel Chevalier, de la Guardia Imperial, hombre alto, buen mozo; el otro, el coronel Dentzel, un señor bajito, rubio y cano.
Bonaldi, con cierta ceremonia teatral de italiano y de cómico, hizo las presentaciones y explicó la misión que llevaba Aviraneta del Gobierno español.
Chevalier no conocía nada de asuntos relacionados con España. Dentzel sabía algo por haber oído hablar en casa del general Schramm, donde se reunían los generales Esteve y Solignac, pues se discutía allá la posibilidad de un movimiento en defensa de los liberales españoles. También había oído decir que el ex coronel Bourbaki, después de avistarse con el embajador de España, el duque de San Lorenzo, iba a salir de París hacia Navarra.
El coronel Dentzel dijo que sus datos eran muy vagos, pero que no tenía otros. Luego, después, recordó que había un miniaturista español llamado Pastor, muy relacionado con Lafayette, que vivía en la calle Bergere, y añadió que quizá éste supiera algo.
Salieron del secadero del taller de plancha, y Bonaldi y Aviraneta volvieron a la otra orilla.
El miniaturista Pastor tenía un estudio muy pobre. Era un hombre afeitado, flaco, alto, con unos anteojos de lentes gruesos, vestido de negro, lleno de manchas.
Este miniaturista, a creerle a él, lo sabía todo; hablaba en tono de confidencia y de misterio. Su conversación era un continuo aparte. Seguramente, cuando este hombre iba a las tiendas de comestibles, decía al dueño: «En confianza, que no nos oiga nadie. Deme usted una libra de queso».
Pastor dijo que se habían visto en París en la semana pasada los generales Lafayette, Foy, Clausel, Lamarque y el coronel Fabvier para tratar asuntos de España. El general Lamarque había estado con su mujer en el hotel de Estrasburgo, de la calle de Richelieu.
—¿Y se va a hacer algo?—preguntó Aviraneta.
—Claro que sí. Se organizará una legión francesa en Zaragoza y una legión inglesa en Galicia; las tropas francesas estarán mandadas por los generales Gourgaud, Carnot y Lallemand, y las inglesas, por sir Roberto Wilson.