En cambio, los realistas se encuentran en un momento de entusiasmo. La Junta católica de España y el partido jesuítico de Francia organizan en París, Burdeos y Bayona escuadrones de caballería. Todo un regimiento de Dragones para el Ejército de la Fe va a salir de sus manos. El Gobierno francés prepara la guerra para corto plazo. Se están llevando baterías de Metz, de Estrasburgo y de Valencia del Ródano a la frontera. Los generales y oficiales piden mandos en las fuerzas de los Pirineos. No será para acabar con la fiebre amarilla de Barcelona.
Parece que un político francés ha dicho: «Estamos colocados en la alternativa de atacar a la Revolución española en los Pirineos o de ir a defenderla en las fronteras del Norte».
La elección para ellos no es dudosa. Están en contra nuestra todas las clases privilegiadas de Europa, y desean que Francia, el país de la Revolución, sea el que dé el golpe de gracia a la libertad española. Así Francia se purifica ante la Santa Alianza y se le perdona haber jugado con la cabeza de Luis XVI y de María Antonieta. Probablemente, del Congreso que ha de tener en Verona la Santa Alianza saldrá la guerra contra España.
Muchos esperan que falte dinero a última hora para la expedición y que no se pueda realizar.
He hablado con un militar francés; es liberal templado y no está afiliado a ninguna sociedad secreta. Me ha dicho esto:
—Creer, como creen algunos liberales cándidos, que si el Gobierno francés manda sus tropas a España, los liberales y republicanos harán la Revolución, es una tontería. Ni el ejército se negará a entrar en España, ni los revolucionarios intentarán nada. El ejército francés actual es un ejército de gente joven, en el que la inmensa mayoría no ha hecho las campañas de Napoleón. Los viejos del Imperio resellados están mostrándose más cortesanos que los nuevos. Nuestra generación es una generación tranquila, burocrática, de las que vienen después del cansancio de las grandes convulsiones. Lo que se le ordene lo cumplirá, quizá sin entusiasmo, pero lo cumplirá.
Mi opinión es la misma. Creo que los liberales franceses no harán nada, o casi nada; tienen fuerza para un complot, pero no para organizar batallones, y menos para una Revolución.
Creo que la guerra viene de prisa, y que el ejército francés, perfectamente organizado como está, se nos echa encima. Algunos españoles de aquí dicen: «Mejor era el ejército de Napoleón, y lo vencimos».
Primeramente, nosotros no vencimos solos a Napoleón, sino con ayuda de los ingleses; después, esto nos costó la ruina del país, y, por último, entonces los españoles éramos un solo cuerpo, absolutistas y no absolutistas unidos; hoy no tendremos los miles de hombres de Wéllington, y, lo que es peor, estamos desunidos; los liberales somos la minoría, y el país entero está contra nosotros.
Creo que los absolutistas españoles, ayudados por el dinero francés, van a poder organizar fuerzas enormes de guerrilleros; quizá cincuenta o sesenta mil hombres; quizá más.