Leguía invitó a Aviraneta a cenar con él, y por la noche fueron los dos a una taberna de Alzate, donde se reunían sus amigos. Hablaron largo rato, tomaron café y aguardiente, y Leguía, animado, le dijo a uno de sus amigos:

—¡Berécoche!

—¿Qué?

—¿Tienes la filarmónica en casa?

—Sí.

—Pues tráela. Vamos a dar serenata a los amigos.

Berécoche salió de la taberna; Aviraneta y Leguía siguieron hablando y bebiendo hasta que llegó Berécoche con el acordeón.

Berécoche era hombre intrépido y jovial, que hablaba por apotegmas. Trajo un acordeón nuevo con un letrero en marfil, donde se leía: «Altemburgia», y comenzó a tocar en él.

Leguía se puso una boina y se embozó en la capa.

—¡Hala! Vamos todos al convento—dijo Leguía—. Eh, tú, Errotachipi, Errotari, Chamburne. ¡A formarse! Uno... dos... ¡Adelante!; y cogiendo su palo como una batuta, marcó el compás, y cuando Berécoche comenzó con un pasodoble, dió media vuelta y siguió andando.