Luego se acercó a Aviraneta.

—Me tienen un odio terrible en el pueblo—le dijo riendo—; les estoy dominando por el terror.

Al son del acordeón, los diez o doce hombres, formados, llegaron hasta el convento de capuchinos, y Leguía mandó a Berécoche que tocara el Himno de Riego. Berécoche lo tocó.

—«¡Viva la Libertad! ¡Viva Riego! ¡Viva Mina!»—gritaron los amigos de Leguía.

El convento, grande y negro, parecía agazapado en la obscuridad. Uno de los amigos de Leguía cogió una piedra y la disparó con toda su fuerza. La piedra dió en una de las ventanas, y se oyó una voz que gritaba:

—¡Granujas! ¡Miserables!

—Ahora al pueblo—dijo Leguía.

Comenzó de nuevo a tocar el acordeón, y los amigos de Leguía, saltando y brincando, llegaron a Vera. Entraron en otra taberna y volvieron de nuevo a Alzate hartos de vitorear a Riego, a Mina y a la Libertad.

Aviraneta se retiró a su posada a dormir.

Al día siguiente Fermín le preguntó a Aviraneta si necesitaba algún guía, y habiéndole dicho que sí, le prestó dos hombres para que le acompañaran: Errotachipi y Arroschco.