Errotachipi era flaco y huesudo; Arroschco, grueso y redondo; pero los dos eran fuertes y marchaban más de prisa que el caballo que montaba Aviraneta.
Salieron de Alzate los tres, cruzaron el puente de San Miguel, y por la orilla del Bidasoa salieron a Zalaín y comenzaron a subir Baldrun y después Escolamendi. Al medio día llegaron para comer a la ermita de San Antón, en el límite de Navarra y Guipúzcoa, enfrente de la Peña de Aya.
Era el sitio verdaderamente desierto y salvaje; la Peña de Aya se levantaba allá como una pared cortada a pico, de quinientos o seiscientos metros de alta, y en el fondo del valle, estrecho, dominado por la enorme muralla de granito, se veían unas cuantas ferrerías abandonadas y derruídas.
La ermita de San Antón tenía adosada una venta, y en ella entraron Errotachipi y Arroschco a encargar el almuerzo. El ventero los conocía y era amigo suyo, y en un cuarto, de techo bajo y con una gran mesa en medio, les sirvió la comida.
Después de comer siguieron los tres de nuevo la marcha; pasaron por Arichulegui, y por la tarde llegaron a Oyarzun, y allí se despidieron de Aviraneta Errotachipi y Arroschco.
Al día siguiente, Aviraneta tomó de nuevo la diligencia para Madrid, donde se presentó a don Evaristo San Miguel, que le dió las gracias por sus servicios.