En Cataluña abundaban los cabecillas facciosos como en ninguna otra región. La mayoría eran guerrilleros a quienes la vida tranquila y pacífica no seducía.

Uno de los más célebres fué el Trapense, Antonio Marañón, capitán de la guerra de la Independencia.

Marañón era un jugador y un perdido, y un día, pasada la guerra, desapareció en un convento de la Trapa. A los seis o siete años volvió a aparecer como cabecilla realista, montado en un caballo blanco, con un látigo en una mano y un crucifijo en la otra, y acompañado de una extranjera hermosa y valiente, Josefina Comerford. El Trapense, después de dejar un rastro de crímenes y de violencias, y de llegar a mariscal de campo, volvió desde Logroño, por orden del Gobierno, al convento de Santa Susana.

Guerrilleros célebres entre los catalanes eran Misas, Romagosa, el Jep d'Estany y Mosén Antón.

Misas, postillón de Figueras, había estado en una partida de guerrilleros de la Independencia capitaneada por un tal Pujol, que murió ahorcado.

Misas se llamaba así porque cuando era ladrón parte del producto de sus robos lo empleaba en decir misas. Misas tuvo su partida de bandidos, y estuvo en la cárcel varias veces, hasta convertirse en un jefe realista, que mandaba un núcleo de fuerzas importantes en el Ampurdán.

Romagosa, el carbonero de Labisbal, hombre muy fuerte y muy bruto, llegó a brigadier, y fué fusilado a principio de la guerra carlista por el general Llauder.

El Jep d'Estany, apellidado Bosons, era un individuo inquieto, turbulento y audaz. Poco después de la guerra de la Independencia fué enviado a galeras por Lacy. Estuvo siete veces condenado a muerte, hasta que fué preso y fusilado por orden del conde de Mirasol. En capilla, este defensor de la fe anduvo a bofetadas con el fraile que quiso confesarle. En la época constitucional tenía su centro de operaciones a orillas del Segre.

Mosén Antón Coll, cura de Vich, era el que en tiempo de la guerra de la Independencia había levantado a los estudiantes catalanes.

Además de éstos, campeaban por Cataluña Pablo Miralles, hombre inculto y bárbaro; Romanillo el Aceitero, de Castell-Fullit, violento y cruel, y otros de menos importancia, como el padre Orri, apodado el Padre Puñal, que blandía su acero a los gritos de «¡Viva la religión! ¡Muera la patria y la nación! ¡Viva el rey absoluto!» y «¡Mueran las leyes!»