Toda esta nidada de facciosos se había empollado al calor del fanatismo y del dinero enviado desde Madrid por Fernando VII.

Este siniestro Borbón hacía todas las maniobras imaginables para lanzar más absolutistas al campo y para comprar a los militares constitucionales.

Algunos de estos le inquietaban, sobre todo Mina, por quien tenía un odio profundo, sabiendo que era insobornable.

Mina, de capitán general de Cataluña, hacía una guerra terrible contra los facciosos, avanzaba, devastaba, fusilaba; todo hacía creer que, si seguía así, en poco tiempo ocuparía Urgel y Mequinenza, defendidos por Romagosa y Bessieres, y limpiaría las ciudades y los campos de enemigos.

Fernando sabía que Mina, por su nobleza, sus ideas y su vida en Francia entre conspiradores, no podía venderse al absolutismo; pero supuso, en cambio, que el Empecinado, como más rudo, sería fácilmente seducido, y le envió un emisario, que fué un tapicero de la Casa Real, llamado Mansilla, a ofrecerle de parte del rey un millón de reales y el título de conde de Burgos si se pasaba a los realistas.

—Diga usted al rey—contestó don Juan Martín vibrando de cólera—que si él no quería la Constitución que no la hubiese jurado; el Empecinado la juró y jamás cometerá la infamia de faltar a su juramento.

Y después de decir esto volvió la espalda al emisario.

A pesar de la barbarie y de la incultura de los cabecillas facciosos, la guerra en los campos no era tan cruel como lo fué después en la primera carlista.

Parecía que el pueblo no había tomado aún el gusto de la sangre.