Bessieres, al verse sin la carta del rey, comprendió que era hombre muerto.

Al día siguiente un Consejo de guerra sumarísimo condenaba a ser pasado por las armas al mariscal de campo don Jorge Bessieres y a sus compañeros. Pocas horas después de la ejecución, todos los papeles de Bessieres eran entregados a las llamas.

Al saber el desenlace de la aventura, el padre Cirilo, temeroso de que Fernando y Calomarde quisieran deshacerse de él, desapareció.

El conde de España fué premiado. Estas canalladas han constituído durante mucho tiempo la política.

La familia de Bessieres quedó en mala situación: su mujer acabó perturbada y alcohólica en Granada; un hijo suyo fué después a la facción carlista, y por su matrimonio tomó el título de conde de Cuba...

Un extranjero, liberal exaltado, intransigente, fué don Antonio Rotten, el suizo, amigo de Mina.

El general Rotten era anticlerical furibundo, y si hubiera podido hubiese limpiado de curas y de frailes toda España.

Su idea era que había que hacer la guerra sin cuartel. Rotten mandó saquear e incendiar San Lorenzo de Piteus, y se mostró con los absolutistas, sobre todo con la gente de iglesia, implacable.

Otro suizo, éste absolutista, que tuvo alguna importancia en la época, fué Carlos Ulman, amigo del conde de España. Los liberales decían que Ulman había sido mozo de un pastelero y que vino huyendo a España.

Ulman hizo la correría absolutista del año 23 por Castilla. Luego llegó a mariscal de campo y a gobernador de la plaza de Ceuta, donde se distinguió por su crueldad con los liberales. Cuando suponía que algún preso guardaba dinero, solía sacar el sable y pasar la punta arañando la espalda y el abdomen del preso, por si llevaba interiormente algún cinturón con dinero.