—Sí; porque conoce los secretos de Lozano de Torres, de Ugarte y de todo el mundo; pero como es un cínico que no tiene miedo a Dios ni al Diablo, es capaz de prometer una cosa, tomar el dinero y no hacerla. Eso no puede ser. Hay que tener seriedad.

Doña Luisa quería que hubiese cierta probidad dentro del chanchullo.

—¿Y qué ha producido su deportación?—preguntó Aviraneta.

—Pues que quiso amenazar al ministro León Pizarro, por medio de Arjona, diciéndole que hiciera lo que él exigía, porque si no, lo echaba del Ministerio. Pizarro, en este momento, tenía más fuerza que Corpas, y consiguió que a don Cecilio lo encerraran en el castillo de Badajoz.

—¿Y cómo lo abandonaron Ugarte y la camarilla?

—Fué un abandono provisional, mi querido señor. Dejaron al ministro que tuviera este triunfo pasajero; pero después, como sabrá usted, el que ha tenido que dejar la poltrona y huír ha sido Pizarro.

—¿Y cómo no ha vuelto Corpas?

—No sé. O ha reñido con Ugarte, o lo tienen en alguna comisión.

En este momento entró la otra francesa, Carolina. Madama Luisa la presentó y Aviraneta la saludó muy finamente.

Era ésta una mujer alta, rubia, a la que quedaban ciertas huellas de su belleza. Vestía de una manera exagerada, se teñía el pelo, se pintaba los ojos y llevaba los dedos llenos de sortijas.