Aviraneta no quiso insistir en sus preguntas, y cambiando de conversación se puso a hablar con volubilidad de sus cosméticos y de sus elixires.

—Tengo—dijo misteriosamente—, pero esto no lo puedo mostrar todavía, un elixir que es una cosa extraordinaria.

—¿Para qué sirve?—preguntó la Carolina.

—Sirve, sencillamente, para rejuvenecer.

—¿De verdad?

—Sí, pero no lo digan ustedes a nadie; puede ser un negocio tremendo.

—¿Y cómo lo ha encontrado usted!—preguntó la ex cortesana.

—Señora, yo no lo he encontrado, no conozco la química para eso. Es un secreto que me han confiado. Usted no sé si sabrá que un marino español, Juan Ponce de León, al llegar a la ínsula Florida, creyó encontrar la fuente de la Juventud, la Fuente de Juvencio.

—No.

—Pues bien, esa fuente no existe en la Florida; pero, en cambio, no muy lejos de ella, hay una planta cuyo jugo es una Fuente de Juvencio, y ese jugo, elaborado por unos indios y mezclado con sangre de niño forma mi elixir.