—¿Y lo tiene usted aquí?—preguntó Carolina.

—No; no, señora; no me he aventurado a ello. Las seis redomas, únicas que tengo, las he dejado guardadas en París en una caja de hierro depositada en un Banco.

—¿Y por qué no traerlas?

—No, no; hubiera sido un peligro; hubiera podido ser asesinado. Además, no tengo autorización de mis indios. Cuando la tenga y me manden cantidad entonces comenzaré a vender las redomas.

—¿Y serán muy caras?

—Cada redoma pequeña valdrá cincuenta duros, por lo menos.

—Mucho me parece.

—¿Mucho por la salud? ¿Por la juventud?

—Sí, es verdad, tiene usted razón; no es mucho.

—¡Si eso se hubiera conocido antes!—exclamó la ex cortesana, pensativa.