Aviraneta creyó que, para primer día, había conseguido su efecto; se levantó, saludó a las dos mujeres y se fué prometiendo volver.
Unos días después estaba de nuevo allí.
Madama Luisa quiso demostrar a Aviraneta que la fama que tenía su antiguo amante Macanaz de vender destinos era falsa. A Macanaz, según ella, no le habían sacado del ministerio y encerrado en el castillo de La Coruña por venalidades, sino por guardar copias de las cartas cruzadas entre Napoleón y Fernando.
Aviraneta dijo a la Robinet que a él le parecía muy mal que se vendieran destinos, vendiéndolos baratos, y con este motivo se estableció una corriente cordial de cinismo y de alegría.
Aviraneta se manifestó francamente desvergonzado y llegó a entusiasmar a Carolina y a Luisa, que comenzaron a pensar en una posible colaboración. Las dos francesas eran mujeres extrañas. La Carolina había rodado por el mundo y no creía en nada, excepto en aquellas cosas absurdas que no se pueden creer. Así pensaba que no había nadie capaz de resistirse al dinero, ni hombre honrado, ni mujer honesta; en cambio, tenía por verdades la magia, la quiromancia y otras necedades parecidas. Su credulidad por estas cosas era extraordinaria.
Madama Luisa, por su parte, era aduladora, insinuante y mucho menos lista de lo que se figuraba ella misma y de lo que se figuraban los demás. De la venalidad y el soborno realizados en colaboración con el ministro Macanaz, de quien había sido amante, había pasado a oficios celestinescos sin abandonar la alta intriga.
Adivinaba Luisa quién era la señora que necesitaba unos miles de reales y la relacionaba con un cortesano o con algún comerciante rico venido de las Indias. Madama Luisa tenía un odio furioso contra las demás mujeres, sobre todo contra las mujeres virtuosas, odio que fundía con un desprecio irónico por los maridos y los padres y un gran entusiasmo por los donjuanes, sobre todo si eran jóvenes, bonitos y ricos.
El campo en donde evolucionaban Carolina y Luisa era verdaderamente extenso; colaboraban en las intrigas palaciegas, hacían sus menesteres de terceras, prestaban a usura, echaban las cartas. Eran un poco anticuarias y chamarileras. Sobre todo Luisa sabía dónde había almonedas de muebles, cuadros, joyas; tenía amigas prestamistas. Hubieran vendido las dos amigas venenos y filtros de amor si se hubiese creído en ello. Pero todo esto no lo estimaba tanto Luisa como la intriga, la alta intriga política.
Carolina no quería mas que el dinero; a Luisa no le bastaba el dinero, deseaba el poder.
La ex ama de llaves había querido conquistar a algún personaje de la Camarilla y reunir en su casa una tertulia influyente; pero no lo había conseguido.