Sus dos ambiciones eran tener un salón con diez o doce personas de prestigio, en donde se intrigara y se jugase a las cartas, juegos franceses, y casarse.
Corpas, durante algún tiempo, la había visitado, dejándola maravillada con su cinismo y su audacia. La Robinet había esperado que fuese la primera adquisición de su tertulia, pero Corpas la abandonó pronto.
Aviraneta alentó las ambiciones de la francesa, y quedaron de acuerdo en escribirse y comunicarse datos acerca de lo que ocurría en Madrid.
IV.
CÁDIZ
Aviraneta sabía desconfiar de las ilusiones y de las desilusiones. Conocía por experiencia los cambios rápidos de los asuntos políticos. Comprendía que en las revoluciones, la mayoría de las veces nunca se está tan cerca de llegar como cuando ya se desespera de ello, y nunca tan lejos como cuando un acontecimiento parece estar al alcance de la mano de los revolucionarios.
Aviraneta dejó Madrid; estuvo en Sevilla dos días y se presentó en Cádiz poco antes de las Navidades. Había fiebre amarilla en la isla gaditana y la ciudad estaba casi despoblada.
El Ejército expedicionario, a causa de la epidemia, había abandonado por orden superior la costa y estaba acantonado en Cabezas, Arcos, y otras ciudades alejadas del litoral.
Aviraneta, al llegar a Cádiz, se instaló en una casa de huéspedes.