Hizo sus averiguaciones y supo que el centro revolucionario se encontraba en el comercio de los Istúriz.
Don Javier no estaba en Cádiz y Aviraneta fué a ver a don Tomás Istúriz, a quien le habían recomendado desde Bayona.
Los Istúriz tenían una gran casa, vivían espléndidamente, como unos pachás.
Don Tomás, después de hacerle esperar mucho tiempo, recibió a Aviraneta de una manera desabrida. Primero sospechó si don Eugenio sería un espía; luego, al saber que había tomado parte en la conspiración de Richart y Renovales, supuso que tenía delante un hombre cándido y quiso confundirlo a sarcasmos; pero éste era uno de los fuertes de Aviraneta, y después de resistir las burlas de Istúriz, se las devolvió con mucha más mordacidad e intención.
Al final de esta entrevista, don Tomás Istúriz miraba a Aviraneta con recelo y pensaba interiormente que convendría alejar de cualquier modo a aquel hombre corrosivo y jovial.
Istúriz habló de su hermano Javier, recomendó a Aviraneta que fuera a verle y que visitara también a algunos masones, como Alcalá Galiano, Moreno Guerra, etc. Aviraneta no quiso ir. Estos liberales de Cádiz, con sus aires aristocráticos y entonados, le resultaron poco simpáticos.
Una parecida reserva como la de don Tomás Istúriz encontró Aviraneta en todos los masones gaditanos. Unicamente un militar, Santiago Rotalde, y un comerciante, Mendizábal, le acogieron bien. Mendizábal le contó con detalles las ocurrencias de julio en el Palmar del Puerto de Santa María; la defección de Sarsfield y La Bisbal, y la situación en que se encontraban los coroneles y comandantes de los cuerpos expedicionarios presos por aquellos acontecimientos.
Mendizábal añadió que iba a reunirse con el comandante del batallón de Asturias, don Rafael del Riego, que estaba en Cabezas de San Juan.
—Yo voy con usted—dijo Aviraneta.