—Bueno, pero no bajamos juntos, podemos inspirar sospechas.

Aviraneta comprendió que no se quería nada con él y se decidió a obrar solo. Con un día de lluvia se embarcó para el Puerto de Santa María, tomó un coche allí, fué a Jerez, y después a Cabezas de San Juan.

Preguntó por el comandante Riego y se presentó en su casa. Habían hecho juntos el viaje desde Suiza hasta Londres. Creía que le recibiría afectuosamente.

Aviraneta encontró a Riego en un cuarto pequeño, blanqueado, con una cómoda con un niño Jesús encima y unos santos negros en la pared.

Riego tenía aire febril y se veían en su rostro las huellas de una larga enfermedad. Estaba acompañado del teniente coronel Fernando Miranda y del capitán Valcárcel. La acogida de Riego fué también muy fría. Todos recibían a Aviraneta como si éste viniera a quitarles algo, algo de influencia o de gloria, o de prestigio.

Riego no estaba al principio dispuesto a comunicar a Aviraneta sus propósitos; pero después pensó, sin duda, que el consejo de aquel hombre podría servirle y le explicó su proyecto. No tenía más plan que sublevarse con los batallones de Asturias y Sevilla, ir a Arcos de la Frontera con ellos y prender a los generales jefes de la expedición. La fecha fijada era la mañana siguiente, el primero de enero. Al mismo tiempo se levantaría Quiroga y marcharía sobre el puente de Zuazo con los batallones de España y la Coruña.

—El plan es sencillo y, por lo tanto, bueno—dijo Aviraneta—. ¿Qué grito van ustedes a dar?

—Este es uno de los puntos que me preocupan—contestó Riego—. Muchos de mis oficiales son partidarios de proclamar inmediatamente la Constitución del año doce; en cambio, Galiano y los de Cádiz no quieren.

—No tienen razón—dijo Aviraneta.

—¿Le parece a usted mejor proclamar la Constitución inmediatamente?