Don Enrique O'Donnell era hombre de una perpetua doblez, histrión inconsciente que jugaba siempre con dos barajas. Aviraneta sabía que había estado comprometido en varias conspiraciones militares, principalmente en la de Richart y la de Lacy.
Se aseguraba que entre los papeles cogidos a los insurrectos de Barcelona, cuando lo de Lacy, se habían encontrado monedas acuñadas, en cuyo reverso se leía: «Enrique I, cónsul de la República española».
La conducta de O'Donnell en el Palmar y después en Ocaña reveló el fondo de inconsciencia y deslealtad de su alma.
Al comienzo del año 23 se decía que O'Donnell tenía relaciones con los absolutistas, aunque otros opinaban que sus simpatías estaban por los constitucionales moderados o del Anillo.
Desde su reunión en Guadalajara, O'Donnell buscaba las ocasiones de que O'Daly se rehabilitara; en cambio, no llamaba al Empecinado cuando pudiera lucirse.
O'Daly, que era falso, como buen criollo, e hipócrita, como hombre iglesiero, trabajó para desacreditar al Empecinado.
Don Juan Martín, que tenía mucho amor propio, buscó la forma de operar solo, ayudando al grueso de la división.
El 29 de enero, Aviraneta y él, con ochenta caballos, pasaron el Tajo a nado a media noche. Fueron flanqueando al enemigo, y a las dos de la mañana lo sorprendieron en la villa de Sacedón. Iba la pequeña partida en dos patrullas: en la primera marchaban el Empecinado y Aviraneta; la segunda la mandaba Antonio Martín y Francisco Van-Halen. Al llegar a las puertas de Sacedón picó el Empecinado las espuelas, y arrollando a los guardias, pasó adentro. Los realistas tenían una posición fuerte; pero creyéndose rodeados, la abandonaron y se dieron a la fuga.
Con aquella maniobra se facilitó el paso del puente fortificado sobre el Tajo a las fuerzas de O'Donnell, que entraron en Sacedón el día 30.
Por la mañana de este día se recogió la lápida de la Constitución derribada y se volvió a ponerla en el Ayuntamiento.