Marcharon todos al trote largo hasta llegar a una casa de la carretera. En un cuartucho se hallaba Bessieres con el francés Delpetre, que después en la guerra carlista anduvo con Merino. Estaba también el fraile Talarn, que tenía un brazo vendado. Bessieres era un hombre fuerte, moreno, de buena figura, con ese rictus sardónico de los mediterráneos acostumbrados a lo que ellos llaman la railla. Tenía una mirada de suspicacia y un gesto, al hablar, de exaltado y de matón. Era éste catalán, hombre turbio, atrevido, audaz, que iba viviendo y avanzando entre dos paralelas: la muerte en el patíbulo, por un lado, y la gloria y el poder por otro. Bessieres era un hombre intrépido, que despreciaba a los demás y amaba el éxito y el dinero.

Sabía disimular su capacidad y su inteligencia con formas bruscas y brutales; hablaba una jerga medio catalana, medio francesa, medio española, y la adornaba con toda clase de juramentos, blasfemias y exclamaciones.

Bessieres recibió amablemente a Aviraneta.

—Ahora, cuando nos quedemos solos, hablaremos.

Era una indirecta bien clara a los que estaban allí para que se marchasen; pero Delpetre y Talarn no parecieron entenderla.

Bessieres, de pronto, se incomodó y dijo a estos dos:

—Perdonen ustedes; tengo que hablar con este señor.

Delpetre salió; pero el fraile Talarn no lo hizo; se entretuvo en atar de nuevo el pañuelo en donde apoyaba el brazo en cabestrillo, con una gran lentitud.

Cuando terminó, se marchó dando un portazo:

—Cochino frare—dijo Bessieres—. Algún día le voy a cortar las orejas.