Cuando quedaron solos Bessieres, Portas y Aviraneta en el cuarto, el francés pareció estar más tranquilo.

Bessieres quería sonsacar a Aviraneta, preguntarle el efecto que había hecho en Madrid la derrota de Brihuega. Aviraneta contestó con ambigüedades.

Bessieres habló largo rato. Había en el aventurero francés el fondo resbaladizo del que cambia de nacionalidad y de principios. Como hombre voluble y traidor, tenía muchos rencores y animosidades. Sentía por los franceses un gran odio: había peleado como guerrillero contra ellos; abominaba de los aristócratas realistas españoles, por haber sido obrero e industrial; despreciaba a los curas y frailes con quienes convivía, y guardaba por los liberales moderados la hostilidad del republicano.

Bessieres era un hombre anárquico, un demagogo que podía tomar cualquier actitud política; pero que siempre había de sentirse rebelde.

Para él el orden, la jerarquía, la disciplina, no podían tener valor.

—¿Qué dicen en Madrid de mí?—preguntó Bessieres.

Aviraneta le contestó que los realistas y los frailes estaban muy contentos con él; que los liberales y carbonarios decían que era traidor.

—¡Yo traidor!—exclamó Bessieres—. Yo soy más republicano que Robespierre; sí, diga «ustet» en «Madrit» que si desenmascaran a los traidores como Ballesteros y Labisbal, si echan a esos lladres a patadas, yo, yo, Jorge Bessieres—y se dió fuertes puñetazos en el pecho—, iré a sacrificarme por la llibertat.

Aviraneta estaba un poco sorprendido. La mirada de Bessieres le daba la impresión de que se las había con un truchimán listo; la voz y el gesto eran de un exaltado o de un loco.