Bessieres añadió que los españoles tenían que unirse para combatir a los franceses, si éstos intentaban entrar en España.
—¿Es un cuco o es un loco?—pensó Aviraneta.
De pronto, Bessieres llamó a su lugarteniente:
—¡Eh, tú, noy!
—¿Qué?—preguntó Portas.
—Los copones—indicó Bessieres.
Portas abrió una maleta y sacó unos magníficos cálices de oro. Bessieres puso uno delante de Aviraneta y otro delante de él.
—Echa vino, tú—dijo Bessieres.
Portas sacó una botella y llenó de vino los vasos.
—Tenemos una buena vajilla—dijo riendo sarcásticamente el francés—. Este—y tomó un cáliz—lo cogimos en Auñón; el otro es de aquí, de Huete. Si ese asqueroso fraile lo supiera, me denunciaría... Lo tengo que matar. Beba usted.