Aviraneta temió un momento que el vino estuviera preparado; examinó los dos cálices, y por si acaso bebió en el que había puesto Portas delante de Bessieres.

Bessieres bebió en el otro.

—Usted es un hombre consecuente, Aviraneta—dijo Bessieres—; usted es un lliberal. ¿Con que esos lladres de Madrit disen que yo he hecho la porcá de haserme absolutista? Ya verán lo que ha de hacer Bessieres. Usted ha de ver, Aviraneta, la sorpresa que voy a dar yo.

Bessieres estaba dispuesto a seguir bebiendo; quería, quizá, emborrachar a su huésped; pero Aviraneta le advirtió que tenía que volver al campamento. Bessieres quedó displicente y murmuró:

—Bueno, bueno. ¡Adiós! Aun nos tenemos que entender.

—Si usted se pasa a nuestro campo, al momento—contestó Aviraneta.

—¿Me reconocerían los grados?

—No sé, yo creo que sí.

Bessieres alargó la mano y Aviraneta se la estrechó.