Riego se dijo: «Este es un aventurero peligroso, capaz de todo: de hacer la revolución y de vender la revolución. Este es un hombre inmoral».
Riego se engañaba. Aviraneta, para complicarse más, era hombre de probidad.
Aviraneta veía en Riego una aspiración a cerrar el paso a los demás y a ser el único; Riego, sin duda, quería que la libertad española se debiera exclusivamente a él; quería que su figura fuese predominante, que todo lo que se hiciera en sentido liberal tuviese conexión con su persona.
Así, la revolución de Riego tenía que estar vaciada en su espíritu; debía tener cierto carácter culto, no debía ser ni guerrillera ni demagógica, y sí estar sometida a una oligarquía vinculada en políticos y en oficiales de carrera.
Aviraneta comprendía que así pensaba Riego. Riego, a su vez, veía que Aviraneta era un hombre osado, capaz de cualquier cosa; hombre para quien las jerarquías no significaban nada, para quien las dificultades no tenían valor. Riego suponía en el visitante un espíritu de audacia y de libertinaje desarrollado en las aventuras de la vida guerrillera; pensaba que aquel hombre podía estorbarle, truncarle un éxito, arrebatarle la popularidad, y esto le bastaba para ponerse en guardia contra él.
Muy entrada la noche, Aviraneta se fué a dormir con el convencimiento de que Riego sería desde entonces enemigo suyo.
¿Tendría éxito? ¿No tendría éxito el comandante de Asturias en su empresa?
Por un lado, Aviraneta se hubiera alegrado de su fracaso; por otro, no; pues el triunfo de la Revolución le llevaría a él a una vida más intensa.
Estos complots militares, a veces, aciertan cuando menos se lo figura uno.